Se afinan cinturas y
se alargan cuellos, se agrandan los ojos, se aclaran las pieles, se perfilan las
narices, se borran manchas y lunares indeseables, y se eliminan arrugas: las
revistas de modas están plagadas de figuras corporales que rayan con la
perfección. Más que con seres humanos reales, nos encontramos con modernos Apolos
y Venus.
Si bien en ocasiones
el exceso en el uso de las herramientas del Photoshop puede tener resultados desafortunados y dar
lugar a imágenes de cuerpos francamente inverosímiles, por lo general la
destreza de los diseñadores gráficos consigue que los retoques pasen
inadvertidos y que juzguemos “real” la belleza de las figuras que aparecen
impresas en las páginas de diarios, revistas y afiches publicitarios.
Nadie puede negar que
el resultado sea armonioso, ¿pero hasta qué punto es saludable? Hay que tener
en cuenta de que ya no se trata, como en el ejemplo del post anterior, de hacer
más apetecible un producto a la vista del consumidor, sino que en este caso
está en juego el ideal de belleza y las aspiraciones estéticas de nuestra
sociedad. Ya no se trata de hacer apetecible una fotografía de comida, sino de
modificar la figura humana para acercarla un paso más a la perfección, por
imposible que sea imitarla en la práctica.
Queda pendiente
determinar hasta qué punto nos acostumbramos a ver imágenes de mujeres
perfectas, con medidas que no se condicen con la realidad, y a la que millones
de mujeres ponen como modelos idóneos. ¿De qué manera nos acostumbran las alteraciones
hechas con Photoshop a mirar hacia modelos imposibles? ¿Qué ocurre cuando se
supera la barrera del retoque, y se pasa al exceso? ¿En qué medida es
responsable el retoque publicitario de manipular y condicionar nuestras
concepciones?

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