¿Quién
no ha sentido nunca que se le hace agua la boca al ver, en algún panel
publicitario o en internet, la fotografía a todo color de una enorme, jugosa y humeante
hamburguesa? Y por otro lado ¿quién no se sintió decepcionado– luego de correr al
establecimiento de fast food más cercano para saciar el antojo– al recibir una
cajita con la hamburguesa real, mucho menos espectacular y sin “maquillaje”?
Diariamente nos
llevamos este tipo de chascos cuando nos confiamos en lo que nos presenta la
publicidad gráfica: ¿a quién podemos señalar como responsable?
Desde que sus
creadores, los hermanos Thomas y John
Knoll, lo vendieron a Adobe Systems en 1988,
Photoshop se ha convertido en el mejor aliado de la publicidad. En los últimos
años, este programa de edición fotográfica digital
ha dejado de ser una herramienta únicamente usada por diseñadores, para convertirse
en el programa predilecto de fotógrafos profesionales de todo el mundo, que lo
usan para realizar el proceso de retoque y edición digital. Su utilidad
es incuestionable: tomando el ejemplo de las fotos que ilustran este post, es evidente cuál de las dos hamburguesas nos
apetecería más comer. Y sucede así con todo tipo de producto que las compañías
ponen ante los ojos de los potenciales clientes y consumidores. Ya nada parece
escapar de Photoshop.
En
definitiva, la edición consigue su objetivo de
hacer más atractivos los productos a la vista del consumidor, pero ¿cuál es la
línea divisoria entre retocar y engañar?

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